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IMPERFECT PEACE AND CONFLICTIVITY
(Ref. HUM-607)
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Paz imperfecta

Entendemos como tal todas aquellas situaciones en las que conseguimos el máximo de paz posible de acuerdo con las condiciones sociales y personales de partida. En este sentido podríamos agrupar bajo la denominación de paz imperfecta todas estas experiencias y espacios en los que los conflictos se regulan pacíficamente, es decir en los que las personas y/o grupos humanos optan por facilitar la satisfacción de las necesidades de los otros. La llamamos imperfecta porque, a pesar de gestionarse pacíficamente las controversias, convive con los conflictos y algunas formas de violencia.

La imperfección nos acerca a lo más humano de nosotros mismos, ya que en nosotros conviven emociones y cultura, deseos y voluntades, egoísmo y filantropía, aspectos positivos y negativos, aciertos y errores, etc. También, nos permite reconocernos a las personas como actores siempre inmersos en procesos dinámicos e inacabados, ligados a la incertidumbre de la complejidad del universo. Todas estas circunstancias nos humanizan, porque nos hacen a la vez libres y dependientes de todo aquello con lo que tenemos que convivir inexorablemente: los demás, la naturaleza y el cosmos. En consecuencia se nos abren inmensas posibilidades reales -en cuanto que basadas en la realidad que vivimos- de pensamiento y acción.

Si, tal como pensamos, la paz son todas aquellas situaciones en la que se satisfacen las necesidades de los humanos, se nos podría plantear un problema -de hecho ha sucedido- en la medida en que tales situaciones no terminásemos de hallarlas completamente puras. Ya que, al ampliar la comprensión de la violencia (directa, estructural, cultural y simbólica) es bastante difícil que haya una ausencia completa de sus manifestaciones (paz negativa) y menos aún que prevalezca completamente la justicia social (paz positiva). En consecuencia, dado el espacio perceptivo y teórico que ocupa la violencia, podríamos tener algunas dificultades para percibir, visualizar y encontrar la paz.

Es posible que cuando Gandhi dijera: no hay camino para la paz, la paz es el camino, estuviera pensando en esta problemática y estuviese dándole una vía de salida: la paz se construye en la medida que sumamos todos los pasos que damos en su dirección, sin esperar a que sea completa o absoluta. Por tanto podríamos incluir en esta paz aspectos parciales tales como: aquellas situaciones en que se alcanza cierto grado de bienestar; diversas escalas de las regulaciones pacíficas ya sean a escala doméstica (socialización, caridad, cariño, dulzura, solidaridad, cooperación, mutua ayuda, etc.), regional/estatal (diplomacia, acuerdos, negociación, intercambios, etc.) o internacional/planetaria (pactos, tratados, organismos internacionales, ONGs, etc.). También deberíamos de tener en cuenta las relaciones causales (en las que unas potencian a las otras) entre las diferentes escalas e instancias anteriores, de este modo también podemos considerar cómo los pasos dados hacia la paz por gentes (personas, grupos, asociaciones, partidos, etc.) de unos lugares y otros podrían sumarse, apoyarse mutuamente.

Aproximarnos de esta manera a la paz como imperfecta nos proporciona algunas ventajas al crear mejores condiciones para lograr nuestros objetivos, tanto en el pensamiento como en la acción. En primer lugar nos permite una comprensión global -no fraccionaria- de la paz; en segundo lugar facilita el acceso a todas sus realidades, independientemente de sus dimensiones demográficas (número de personas y grupos implicadas), espaciales (lugares donde tienen lugar) o temporales (días, meses, o años en los que transcurre la acción); en tercer lugar abre mejores y mayores posibilidades de investigación, ya que hace explícitas las realidades de la paz, las explica, les da mayor relevancia, y las hace más accesibles; y en cuarto lugar, como una consecuencia de los anterior, posibilita una mejor promoción de ideas, valores, actitudes y conductas de paz.

Por tanto, una de las tareas principales de todos los pacifistas, de todas las personas y grupos comprometidos de una u otra forma con la paz, debe ser rescatar las realidades, fenómenos, de la paz, reconocer todas las acciones en las cuales ella está presente, todas las predisposiciones, actitudes y acciones -individuales, subjetivas, sociales y estructurales- que en nuestros actos de hablar o expresar, pensar, sentir y actuar estén relacionados con la paz.

De otro lado, la propia definición del conflicto, dependiente de diversos intereses y/o percepciones, nos abre una cantidad enorme de posibilidades intermedias, en su discurrir, sobre las que se puede construir una paz imperfecta. También las mediaciones, que interaccionan los actores y los intereses de los conflictos, posibilitan entender las relaciones que en muchas ocasiones se producen entre la paz y la violencia, en cualquiera de sus manifestaciones, o más genéricamente entre la paz imperfecta y la violencia estructural. En realidad podríamos hablar de una paz estructural imperfecta y de una violencia estructural imperfecta en cuyo caso comprenderíamos mejor las limitaciones de una y de otra y su coincidencia y convivencia en las dinámicas reales.

Para alcanzar estos objetivos es necesario reelaborar (reconocer, criticar, deconstruir y construir) teorías autónomas (no dependientes directamente de la violencia) de paz, lo cual nos permitiría cambiar las percepciones que tenemos acerca de nosotros mismos, al poder reconocer, por este camino, que históricamente la mayor parte de nuestras experiencias han sido pacíficas. A su vez todo ello podría generar esperanza, movilizar, hacer confluir a los/as distintos/as trabajadores/as de la paz al abrirsenos la posibilidad de relacionar sus prácticas. Lejos de interpretaciones simplistas de buenos y malos, nos permite, y obliga, reconocer en los actores de los conflictos circunstancias (vivencias, valores, actitudes, etc.) que son, o pueden ser, promotoras de paz.

Optamos, en definitiva, por llamar paz imperfecta a la categoría analítica que define los contenidos anteriores. En primer lugar para hacer una ruptura con las concepciones anteriores en las que la paz aparece como algo perfecto, infalible, utópico, terminado, lejano, no alcanzable en lo inmediato, alcanzable en el otro mundo, en la gloria, los cielos, con la mediación de los dioses, lejos de los asuntos mundanos, fuera de alcance de los humanos. En segundo lugar, tal como venimos afirmando, una paz imperfecta que contribuya a reconocer las prácticas pacíficas allá donde ocurran, que nos descubra estos hitos como soportes de una paz mayor, más amplia. Y en tercer lugar una paz imperfecta que nos ayude a planificar unos futuros conflictivos y siempre incompletos. Además, creemos que es un buen instrumento para que los/as investigadores/as de la paz podamos incorporarnos al debate y construcción de nuevos paradigmas con los que comprender y construir mundos más pacíficos, justos, con mayor equidad entre los géneros, y perdurables.

Sin embargo, también estamos convencidos que cambiar la perspectiva que tenemos sobre estos asuntos sólo será posible si se realiza lo que podríamos definir como un giro, o inversión, epistemológica (epistemologías para la paz). Un re-enfoque en el sentido de adoptar otros puntos teóricos de partida, otros presupuestos en los que el concepto de paz esté, no sólo más presente, con una atención y consideración diferenciada, sino también con un enfoque cualitativo distinto, que le permita ganar un espacio más relevante y dinamizador, tanto en los aspectos teóricos como en los prácticos, en los debates sobre las sociedades, sobre los humanos y sus condiciones de vida.

Bibliografía:

Fuente: Francisco Adolfo Muñoz Muñoz. Paz imperfecta. En: Mario López Martínez (dir.), et al. Enciclopedia de Paz y Conflictos: L-Z. Edición especial. Tomo II. María José Cano (dir. de la colección); Elvira Muñoz (ilustraciones); Jose María Medina (cubierta). Granada (Granada, España): Editorial Universidad de Granada, 2004. 1227 p. Colección Eirene. Depósito legal GR/179-2004, ISBN de la obra completa: 84-338-3095-3. ISBN 84-338-3097-X. p. 898-900.

 

Equilibrios Dinámicos

Gran parte de los sistema naturales, biológicos y humanos están determinados por sistemas dinámicos y en equilibrio. La visión de un equilibrio estable es esencialmente estática y no tiene repuesta para explicar los comportamientos de los sistemas complejos -contínuamente perturbados por los cambios de sus elementos-. La estabilidad de los ecosistemas representa la habilidad para retornar al estado de equilibrio después de los cambios o perturbaciones temporales, según factores externos e internos en muchas ocasiones impredecibles. La rapidez en el retorno a la situación de equilibrio será una connotación de estabilidad del sistema. Un sistema humano, un sistema social, no es un sistema en equilibrio estático. Por el contrario, constantemente se producen perturbaciones, desviaciones que fuerzan a una constante reorganización y ajuste. En este sentido, el «orden» y «desorden» se interaccionan para la organización del sistema. Obviamente, el desorden es necesario para la producción del orden y su relación dialéctica forma parte de la complejidad de los sistemas.

Las sociedades humanas son sistemas no lineales en los que una causa puede tener diversos efectos, lo que significa que puedan existir posibilidades reales de variación y elección. No son sistemas convencionales en los que sus cualidades vienen dadas por la suma de las partes, sino que tienen cualidades emergentes. En consecuencia, es imposible entenderlos plenamente por el simple análisis de los componentes reconocidos o identificados, es muy difícil prever los resultados potenciales de estos sistemas complejos. Los actores sociales deben de ser conscientes de que el equilibrio de los sistemas vivos, entre ellos los humanos, es un equilibrio dinámico, de flujos de información, energía y materia. Sólo de esta manera habrá algunas opciones de controlar los procesos -gestionar los conflictos- en sus respectivos contextos, en sus procesos históricos.

A medida que aumenta el grado de incertidumbre y de ambigüedad, los actores sociales deben de estar dotados de una forma de pensamiento y acción doble: de un lado aquellas situaciones que se mantienen en un equilibrio dinámico estable y de otro aquellas situaciones que tienden a una inestabilidad incontrolable (Afganistán, Sudán, Palestina, Kosovo, migraciones, crisis económica actual, etc.). Cuando estos sistemas están lejos de una situación de equilibrio, automáticamente aplican coacciones internas para mantener la inestabilidad dentro de ciertos límites. En el límite entre la estabilidad y la inestabilidad, el sistema puede producir un flujo continuo de formas nuevas y creativas.

En consecuencia, el equilibrio dinámico es un mecanismo central para que los seres humanos podamos mantener las condiciones de nuestra existencia, lo que incluye las relaciones con el entorno y a su vez, las interconexiones de estas con las relaciones entre los propios seres humanos. Podemos resaltar, como un ejemplo importante, el papel que juega la homeostasis como una cualidad autorregulativa, compartida con el resto de los seres vivos, que busca el equilibrio y que, en cierto sentido, podría tener sus correspondencias con la cooperación y la búsqueda de la armonía. La racionalidad como una peculiaridad propiamente humana, apoyada en la filogenia, los instintos y las emociones, intenta optimizar las condiciones de la supervivencia, la adaptación al medio, gestionar conflictos de distinto alcance, la relación de nuestros cuerpos con el entorno, la relación de unos con otros, la articulación de la cultura, y la optimización de las respuestas individuales y grupales. La racionalidad tiene, por tanto, la misión fundamental de que las fuerzas que afectan a los seres humanos sobre él se compensen entre sí, que el equilibrio sea el máximo posible. Es un factor de equilibrio, a pesar de que en coyunturas particulares, quizás debido a la soberbia humana, pueda haberlo no parecido.

No obstante, creemos que en la búsqueda de marcos conceptuales que superen dicotomías clásicas simplistas, esto es la contraposición entre teorías del consenso y teorías del conflicto (entendido en este caso como conflicto negativo fundamentalmente), la utilización del concepto de equilibrio remite más a la idea de «proceso respecto de su punto de equilibrio», hablando así de sistemas «cerca del equilibrio» y de «sistemas alejados del equilibrio». Ningún sistema complejo -y las sociedades humanas lo son- es estructuralmente estable, de ahí sus continuas fluctuaciones y búsquedas del equilibrio. De esta manera podemos comprender también que los equilibrios dinámicos son siempre -por definición- imperfectos, porque están ligados al cambio y a la incertidumbre.

Fuente: Francisco A. Muñoz, Beatriz Molina Rueda. Instituto de Paz y Conflictos de la Universidad de Granada. Una Cultura de Paz compleja y conflictiva. La búsqueda de equilibrios dinámicos. En: Primer seminario de Cultura de Paz desde Andalucía. Granada 2008.

Equipo de Paz y Regulación de Conflictos

 

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